Cuando me subí al micro, tenía fiebre. No me había sentido bien ese día, y solo quería llegar a casa. Faltaban 10 horas ,que es lo que dura el viaje.Después de esperar una hora, estaba sentada en un irreparable asiento, con un compañero para nada sociable y una atmósfera demasiado caldeada para empezar un viaje. Sentí que realmente estaban todos menos yo llegando al final, subía a mitad de camino,y el olor nauseabundo del colectivo me lo hacía conocer.
Tenía muchas razones para no estar de buen humor, pero el agotamiento físico era cada vez más fuerte, y sumado al lugar donde me encontraba, y el chofer del colectivo, que con sus chistes quería tapar toda las falencias a las que nos sometían, hicieron que mi mente colapsará y con gran sorpresa para mí, comencé a llorar.
Así sin importar que me vieran, sin consuelo, las lágrimas rodaban por mi mejilla. El hombre sentado a mi lado, me miraba con más intriga que pena. Dos mujeres con gesto maternal interrumpieron su charla y codeándose observaban mi estado y como vecinas curiosas esperaban saber por qué lloraba.
De pronto suena mi celu y es mi mamá, que llama para consolarme. Si a estas alturas me sentía muy estúpida por llorar de esta manera, no imaginan cuando escuché la voz de mi madre que me decía:
-Hija no pensés en nada, tranquilizate y dormí
-Si má, pero estoy en un micro de mierda!
-Bueno,no será para tanto! pensá en que mañana vas a estar acá con nosotros
-Es que ese el el problema, en este micro están dadas las condiciones para que no llegue.
-No digas eso, vas hacer un viaje lindo, dormí, descansa que acá te esperamos
-Bueno ma, esta bien, pero si no llego quiero que sepan que los quiero mucho.
Después de cortar, me di cuenta que ya no lloraba, las mujeres chusmas me miraban con sus caras llenas de terror y comencé a sentirme bien. Todo era reconfortante, el silencio del micro que enfrió el aire pesado, los vidrios que comenzaron a despejar las estrellas que nos seguían, el ruido de las cotorras de enfrente que no volvió, mi compañero que se las ingenió para irse a otro asiento y el guarda que no volvió más a torturarnos con sus pésimas ocurrencias.
Entonces me adapté a la torcida butaca y en la oscuridad sonreí con ese sabor de travesura.